SANTIAGO

Nos encontramos a finales de la primera década del siglo XVII y la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza cuenta ya con un nutrido número de cofrades, centrando su actividad en la celebración de sus cultos, penitencias y ejercicios espirituales, así como en la práctica del socorro mutuo. Por el contrario, los frailes se han ido encerrando en ellos mismos y han abandonado casi toda la actividad caritativa que venían realizando en el barrio, notándose en extremo la ausencia de fray Bernardo de la Cruz, principal impulsor de este cometido. También han decaído las confesiones, aunque son estas, junto a las misas dominicales, los motivos que siguen atrayendo a más feligreses. Ya apenas se les ven fuera del convento si no es para realizar alguna que otra actividad ineludible relacionada casi siempre con la finalización de las obras del cenobio, que parece no se vayan a acabar nunca, o con cuestiones relacionadas con el abastecimiento del colegio. En estos años han ido acogiendo a un número creciente de novicios y colegiales, centrando su actividad primordialmente en la formación de estos y en la enseñanza de Teología, así como la atención al estudio y a la oración. Poco a poco están consiguiendo hacerse con una espléndida biblioteca. También les ocupa buena parte del día la atención a las huertas del convento, situadas en la parte trasera del mismo, a lo largo de la calle Torres y que ya se encuentran a pleno rendimiento. Allí también crían a los animales domésticos —gallinas, conejos, cabras, carneros, vacas y bueyes—, que contribuyen a su manutención. Conservan una buena relación con los cofrades y gracias a ello logran mantener cierto nivel de aceptación entre los vecinos de la collación.

Las puertas del templo permanecen abiertas buena parte del día, ya que son numerosas las misas que se celebran cada jornada, consecuencia del creciente número de religiosos que habitan en el cenobio. No obstante, tan solo son seguidas por un puñado de beatas; en ocasiones, incluso, se celebran con la iglesia completamente vacía. Tampoco tienen los confesionarios demasiada demanda a diario. Pero la cosa varía cuando por en medio anda la Hermandad. Así, el templo se ve más concurrido las tardes de los lunes, miércoles y viernes para las disciplinas, pero cuando verdaderamente se llena de cofrades es con la celebración de los cultos y fiestas grandes de la Hermandad. También acuden la mayor parte de los hermanos el último domingo de cada mes para la celebración de los ejercicios espirituales que se disponen en el capítulo IV de las Reglas; aquellos que no lo hiciesen recibirán una multa de medio real la primera vez, un real la segunda y se expulsarán de la hermandad en la tercera ocasión. Conviene a la economía doméstica no faltar.

Sevilla ayer y hoy: la Alameda de Hércules
Alameda de Hércules

Hace ya buen rato que ha amanecido en este último domingo del mes de marzo y la campana de la iglesia del convento basilio anuncia a los hermanos que deben acudir al templo. Junto a la Cruz del Rodeo se encuentran dos cofrades y amigos: Calixto López, relator de la Real Audiencia y vecino de la calle Honda, con Alfonso de Ribera, acaudalado comerciante en sedas, lino, brocados, sirgas, damascos, holandas, jaspes, paños de oro, tisúes y, en general, cualquier tejido exclusivo; vinculado a un linaje de alto abolengo, se unió a la hermandad tras conocerla por haber tenido como confesor a fray Bernardo de la Cruz; frecuenta bastante la collación por el creciente arraigo del gremio de sederos tejedores que en ella se van asentando, aunque el reside en el barrio de Portugalete, junto al monasterio de San Clemente. Tras intercambiar corteses saludos se encaminan juntos hacia San Basilio, dejando atrás una Alameda de Hércules medio anegada por las lluvias caídas a lo largo de la semana.

Tras llegar a la puerta y saludar a otros hermanos que allí aguardan, acceden al interior del templo. Cada uno de ellos se dirige a sus respectivos confesores. Ambos tienen que aguardar una notable fila de pecadores que esperan pacientemente su turno, algo que también se repite en el resto de los confesionarios. En todos, salvo en uno, al que pocos se acercan. Se trata de fray Higinio quien a causa de su sordera siempre repite en voz alta cada uno de los pecados que va enumerando el penitente, con la consiguiente sorna posterior de aquellos que se encuentran más próximos al confesionario.

Aún quedan cofrades a la espera de recibir el sacramento de la reconciliación cuando da inicio la misa mayor. Tras el rezo del Credo, se realizan las peticiones y al ser misa de Hermandad, se ruega a Dios por la Iglesia, el Papa, el arzobispo de Sevilla, el rey, los príncipes cristianos, la desaparición de las herejías, los que se encuentran en pecado mortal y por las ánimas del Purgatorio, también se ruega por el Provisor del arzobispado que aprobó las Reglas de la Hermandad, las personas que fueron parte para que se produjese esa aprobación y a todos los bienhechores de la cofradía. Finalizada la Eucaristía, todos entonan el Salve Regina dirigiendo sus miradas hacia la Virgen de la Esperanza.

Ya está cercano el mediodía cuando se comienza a vaciar la iglesia de San Basilio tras la celebración de la ceremonia religiosa y mientras la mayoría de los cofrades la abandonan, otro grupo más reducido se dirige al claustro del templo donde van formando corrillos, para comentar diferentes sucesos de actualidad. Pasados unos instantes aparece el mayordomo de la corporación y comienza a repartir unas tarjetas de papel en las que figura, en cada una de ellas, el nombre de un hermano que se encuentra enfermo y el hospital donde está ingresado; o en su caso, la dirección de su morada, si es que se conoce que está convaleciente en su propio domicilio. Conforme cada uno de ellos la van recogiendo, parten hacia las señas que figuran en las tarjetas que les ha correspondido. Son conocedores de que deben consolarlos «en nombre de toda la cofradía y hermandad» y animarlos. También les recuerdan que en todas las disciplinas y en los ejercicios espirituales —como el que acaban de realizar—, «han rogado a Dios por su salud espiritual y corporal». Estos hermanos que acuden a visitar a los cofrades enfermos tienen instrucciones precisas de cómo actuar en caso de que el enfermo se encuentre ya moribundo y también cómo proceder en los casos en los que el hermano se encontrase en situación de necesidad. Estas ayudas económicas que pudieran recibir son asentadas en un libro específico para ello, emitiéndose además un recibo en el que figuran los datos completos de quien la recibe y el motivo por el que se le entrega. Firman estos recibos el portador de la limosna y el mayordomo, de forma que no quede duda alguna de que el dinero ha ido a parar a su caritativo destinado y así se podrá informar en el siguiente Cabildo de Hermanos, en un claro modelo de transparencia que, con los dineros de la Virgen, los macarenos no deben jugar.

Tan solo quedan nuestros amigos, Calixto y Alfonso, que no han recibido aún encargo alguno, por lo que intuyen que este domingo no les corresponderá realizar ninguna visita; pero el Mayordomo les saca pronto de su error y les dice que los ha dejado para el final porque quería que este último asunto se llevara con una total discreción. Los ha elegido por su ocupación en la Audiencia a uno, y, al otro, por mantener muchos y buenos contactos en la ciudad. Les informa que ha recibido esta misma semana la visita del padre Pedro de León, conocido jesuita que ejerce desde hace muchos años su ministerio en la Cárcel Pública de Sevilla, sita en la calle de las Sierpes, comunicándole que Gaspar de la Peña, cofrade de la hermandad y tendero del pequeño establecimiento que se encuentra en la calle Ciegos —situada a la vuelta del templo—, está recluido en prisión desde hace algunas semanas y como no tiene familiares en Sevilla a los que poder acudir, por ser oriundo de la comarca del Condado de Huelva, se ha dirigido a la hermandad, de la que solo se habla cosas de provecho, para que conozcamos su situación. Por ese motivo les pide a ambos que visiten a Gaspar en la cárcel para averiguar los pormenores de lo ocurrido, informarse de su situación en presidio, además de consolarlo y animarlo, con el objetivo de procurar sacarlo lo más pronto posible de donde se encuentra. Aceptan el encargo a la vez que Calixto expone que conoce hace tiempo al jesuita y que se pasaran por la Casa Profesa para ver si se encuentra allí y tratar antes con él.

Ambos se ponen en marcha hacia la calle de las Sierpes. Por el camino, les va rondando por la cabeza la idea de poder discurrir por esa vía en un futuro próximo, cuando realicen la estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral.

Antigua Cárcel Real que se ubicaba en la actual Calle Sierpes