SANTIAGO

Los cofrades de la Esperanza, Calixto y Alfonso, han abandonado el Colegio de San Basilio, con cierta presteza, para cumplir su cometido; cruzan la calle de la Amargura para desembocar en la plaza de la Feria, transitando a continuación por la calle Boticas y la Cruz Verde para alcanzar la plaza del Caño Quebrado, junto al Convento de Monte-Sion, en donde se detienen para degustar en la Taberna del Vasco unos vinos traídos desde Bollullos. Mientras beben el dorado y vigoroso licor plantean la mejor estrategia para llevar a cabo el encargo que acaban de recibir. Alfonso no esconde su inquietud por tener que entrar en el recinto carcelario; Calixto tranquiliza a su amigo. En eso, aparece por la puerta una vendedora de chicharrones, pregonando su mercancía: “¡Chicharrones vendo, vuesas mercedes! ¡Manjar de cristianos viejos, que solo la gente limpia es la que come los puercos!» Sucumben a la tentación y compran un generoso cartucho de este exquisito manjar mientras apuran sus bebidas.

Tras saldar la cuenta con el tabernero, reanudan la marcha hasta las puertas de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús. En ella encuentran al padre Pedro de León, que se dirige a la prisión para continuar con su ministerio. Calixto lo saluda muy afablemente y tras presentarle a su compañero le informa que también se dirigen a su mismo destino para tratar un asunto que precisamente el conoce bien. La cárcel queda cerca y durante el trayecto los cofrades ponen al día al cura sobre el propósito de su visita a la prisión que no es otra que contrastar en la situación que se encuentra Gaspar, el tendero.

Puerta de la Iglesia de la Anunciación, Antiguo convento Jesuita

Mientras que sus pasos embocan la calle de las Sierpes, Calixto informa a Alfonso que el padre Pedro pertenece a una de las primeras promociones sevillanas de la Orden de la Compañía de Jesús, fundada hace algo más de medio siglo y que poco después se estableció en la ciudad. El sacerdote confirma, con un movimiento de la cabeza, las palabras de Calixto, y toma el relevo en la conversación para detallar algunos aspectos de su vida, quizás adelantándose a la curiosidad, sobre sus vivencias, que mostrarán seguramente los cofrades. Refiere que nació en Jerez de la Frontera, pero que lleva muchos años en la ciudad, aunque por su actividad pastoral viaja continuamente por toda Andalucía, Extremadura y La Mancha. Reseña, no sin cierto orgullo, que tiene un hermano que también es sacerdote, aunque franciscano, el padre Juan de León, que lleva años en Alemania dedicado a la enseñanza en sus universidades. Quiere aclarar que, aunque pudiera parecer que fuera el capellán de la cárcel o el confesor oficial de los presos, no es así. El desarrolla su ministerio allí pero, sobre todo, se dedica a recorrer la ciudad para socorrer a los más necesitados. Calixto incide en estas últimas palabras y le refiere a su amigo que el padre ha fundado un par de casas para mujeres arrepentidas que han abandonado la prostitución, un hospital para galeotes en Triana, una congregación de caballeros para la asistencia a los presos y otra para sacerdotes.

Alfonso cae en la cuenta que en alguna ocasión lo ha visto aparecer en el apedreadero de la Puerta de la Macarena intentando mediar y pacificar las bandas rivales que con cuchillos, espadas, navajas y muchas hondas para apedrearse, se citan casi todas las semanas para enfrentarse, motivo de regocijo de los vecinos que salen a presenciar el espectáculo y desesperación de los alguaciles que en no pocas ocasiones han acabado también apedreados y huyendo presurosos del lugar cuando han procurado la detención de los participantes. Costumbre que como asegura el cura no es exclusiva de dicha puerta, sino que ocurre de igual manera en los demás accesos de la ciudad, y en los que trata de mediar para evitar descalabros.

Tan amena conversación los ha puesto, sin apenas darse cuenta, en la puerta de su común destino. Saludan al guardia que cubre el acceso al recinto penitenciario, y viendo que se trata del padre Pedro les flanquea la puerta sin poner ningún impedimento. Esta primera reja, aún siendo de forja como cualquier otra, la llaman de oro, porque entre ella y la siguiente se sitúan los aposentos del alcaide de la prisión y otras numerosas estancias que están habilitadas a modo de celdas individuales, de tal manera que los que en ella se encuentran han debido de contentar, con no poco oro, al rector de la cárcel y a los porteros. Allí se cruza Alfonso con un viejo conocido de alto linaje y muy docto en diversas materias, aunque también es de sobras conocido por sus sonadas correrías y embrollos; tras saludarse con un simple gesto lo ve salir a la calle, privilegio del que goza a cuenta de los buenos dineros con los que riega a quienes ya se ha dicho. Para el recuento de la noche, ya estará de vuelta. Todos contentos. A la izquierda hay un gran portalón de madera que da acceso a la cárcel de mujeres.

Reproducción del Alzado interior de la antigua Cárcel Real de Sevilla

Tras flanquear las dos rejas restantes, llamadas de cobre y de plata, respectivamente, nuestros personajes van adentrándose, con cierta precaución, en el interior del recinto. El aspecto de los que allí se encuentran va variando conforme avanzan por las diferentes galerías que van dando entrada a las distintas zonas o ranchos en que se divide la cárcel y en los que se agrupan a los reclusos en función de sus delitos. Así, pasando por los ranchos o estancias que son conocidos con nombres como Pestilencia, Miserable, Chupadera, Matantes, Delitos, Malas Lenguas, Blasfemos, la Compaña, Gula y Laberinto el último en la secuencia de estas estancias y que toma este nombre, por recogerse en  él, revueltos, a maleantes de todo tipo. Un millar de presos suele haber siempre en esta prisión.

Llegan al fin al gran patio, donde matan el tiempo jugando y mofándose unos de otro. En su centro hay una bella fuente de la que mana abundante agua, regalo de la recordada doña Guiomar y que se encuentra enterrada —como corresponde a su magnanimidad y generosidad—, a los pies de la Capilla Real de la Catedral. También hay cuatro tabernas distribuidas en las cuatro caras de dicho patio, además de tiendas de frutas y aceites. Entre tanto barullo es difícil localizar al tendero, por lo que Calixto llama a uno de los presos y le pide que busque a Gaspar de la Peña. Inmediatamente, el reo se marcha entre el gentío gritando «¡Hola, Gaspar de la Peña, hola!». Al poco tiempo regresa y señala una de las tabernas, en la que se encuentra el cofrade que andan buscando. Calixto, en pago por el servicio, lo recompensa con dos maravedíes y se dirigen al bodegón que le ha señalado el recluso, localizando efectivamente, en una de las mesas, a Gaspar que está acompañado de otro prisionero con el que conversa provistos de sendas jarras de vino. Tras saludarse, todos se sientan siéndoles servidas sendas jarras que van a acompañar con los chicharrones adquiridos anteriormente. Al verlos, los rostros de los dos reclusos se iluminan; por el contrario, el primer sorbo de vino que toma Alfonso vuelve a salir de su boca con la misma rapidez con la que entró. «¡Esto sabe a rayos!», grita. Unas carcajadas y una retahíla de burlas rodean a los melindrosos visitantes. «Con el tiempo terminas por acostumbrarte», sentenció el tendero dirigiendo su mirada al cofrade recién llegado mientras esbozaba también una tímida sonrisa.

«No te queda más remedio que acostumbrarte si quieres sobrevivir en este lugar, sobre todo aquellos que nos hallamos en las estancias del fondo, en las que se encuentran recluidos los presos de la peor calaña. No solo al mal vino te acostumbras —que más bien es una mezcla de vinagre con hiel—, sino a la comida, al nauseabundo olor que impregna cada rincón del recinto carcelario, a los gritos de las continuas riñas y pendencias, a los alaridos de los moribundos que salen desde la enfermaría, al sonido de los grillos arrastrados por las lozas de la solería, a las voces que dan algunos presos pregonando los artículos que han robado a las visitas o a otros presos, a los lamentos de quiénes van a ser ajusticiados a la mañana siguiente y a muchas otras calamidades que se viven en prisión. Pero si el día es un infierno, no tiene comparación con la noche que es cuando salen también los demonios que viven en nuestro interior y nos hablan para que no nos olvidemos de nuestra desgracia».

Reproducción del alzado exterior de la Antigua Cárcel Real de Sevilla

Alfonso admite que él no se vería capaz de afrontar una situación como la suya y le pregunta cómo consigue sobrevivir a tanto infortunio. Mientras Calixto se levanta para tratar de sobornar con unas monedas al tabernero para que les ofrezca un vino medio aceptable, Gaspar responde que «lo consigue gracias al recuerdo de su familia —que desconoce su situación—, la añoranza de su infancia, la evocación del agradable olor de su modesta tienda, el deseo de volver a encontrarse con sus amigos y cuando todo eso se viene abajo, siempre acude a su Virgen de la Esperanza, aquella que nunca le falla y que sabe que siempre cuida de él»