SANTIAGO

Aunque el pobre de Gaspar ya intuye el motivo de la reunión, el padre Pedro le informa que, como habían quedado días atrás, dio traslado a su Hermandad de la situación que atravesaba, y fruto de aquella visita se han desplazado estos dos cofrades con la preclara intención de encontrar una solución a la situación por la que está pasando y acelerar su salida de prisión. El compañero de Gaspar, de nombre Sancho, se inmiscuye en la conversación implorando la intercesión de los recién llegados para que intercedan también por él y conseguir su ansiada libertad.

Sancho Quijada es un pícaro que dejó su juventud atrás hace tiempo. De corta talla y figura oronda es un incorregible tahúr, pero posee un carácter afable y ufano. Está especialmente dotado de una fluida verborrea con la que es capaz de engañar a las mismas serpientes, cual si fuera el mejor de los encantadores. No es un ludópata, sino que aprovecha su astucia y sus habilidades en el juego de los naipes —aprendidas desde niño por haber presenciado innumerables partidas en antros no recomendables para las personas de orden—, haciendo de esta actividad su modo de vida. Cuando las cosas no le salen como esperaba recurre al engaño y las trampas. Algo muy frecuente en su proceder. No juega para enriquecerse, sino para procurarse el sustento diario, aunque si puede desplumar a algún pardillo no esquiva la ocasión.

Al llegar la primavera abandona cada año la ciudad para recorrer el camino de Sevilla a Madrid y en ocasiones transita también por los caminos de la Mancha santiaguista, llevando siempre encima sus propios naipes trucados que esconde en su jubón, procurando retornar a la ciudad antes de que le sorprendan los primeros fríos del invierno. Sobrevive y come de estas habilidades, jugando y estafando en las ventas, posadas y mesones que jalonan los caminos, así como en las casas de juego que no faltan en cada una de las villas y ciudades; estos viajes le permiten desaparecer durante unos meses de los garitos y casas de tablaje de la ciudad, que recorre durante el resto del año.

Resulta habitual que las ventas desperdigadas por villas y caminos tengan a disposición de su clientela barajas de naipes, ya que el juego aumenta sus beneficios porque anima el consumo de vino y de velas. Además, cobran por prestarlas; a los acaudalados, ocho reales y a los menos afortunados, dos. Sancho es conocido por muchos venteros, que participan de sus fullerías para repartirse al final de la jornada las ganancias obtenidas de los incautos que pican y caen en sus redes. A pesar de que los naipes —aún por uso recreativo—, están prohibidos tanto por las leyes civiles como por las eclesiásticas, resultan frecuentes los diferentes juegos de cartas en todos los estratos sociales; algunos lo hacen por divertimento, otros por ludopatía y también están aquellos que lo hacen por malvivir, como el amigo Sancho. Está tan extendida esta afición que la hacienda real también hace negocio y cobra medio real de impuestos por cada baraja vendida, a pesar de las prohibiciones de utilizarlas.

No siempre las cosas acaban como las planea, siendo que en ocasiones es él quien acaba siendo engañado por algún que otro fullero; en esos casos, maldice su suerte. Pero otras veces, es sorprendido en el engaño y, en el mejor de los casos, recibe una somanta de palos, cuando no acaba con sus huesos en los calabozos, como es el caso y así ha ocurrido en muchas ocasiones, por lo que son muy frecuentes las entradas y salidas de esta cárcel.

Gaspar, el tendero, refiere que cuando se pone a relatar sus mil y unas historias —unas pocas ciertas, la mayoría de ellas pura invención—, los parroquianos se arremolinan a su alrededor para escucharle embelesados, de lo que se suele aprovechar para que lo conviden a algunos vinos, con los que poder finalizar sus relatos, o incluso al potaje del día. Esta faceta de contador de historias consigue que sea bien mirado entre los reclusos y muchos busquen su compañía para solazarse con sus narraciones. Y él también sabe aprovecharse de ello. El padre Pedro confirma las palabras de Gaspar y apuntilla que nunca le faltan candidatos para compartir celda y pone como ejemplo a aquel recaudador de impuestos del rey —según decía él—, «tullido de su brazo izquierdo a causa de los disparos que juraba haber recibido en la batalla de Lepanto, cuyo nombre no consigo recordar», con el que coincidió en cierta ocasión y que no solo escuchaba muy atento sus historias, sino que además las escribía y guardaba en una carpetilla de piel de cabritillo que siempre llevaba encima; gracia le hacía al buen hombre sus ocurrencias, que transcurrían por aquellas tierras que él también transitó cobrando tributos y realizando otros menesteres para Su Majestad.

Sancho vuelve a implorar la ayuda de los cofrades y promete que si queda en libertad solicitará ingresar en la cofradía «como su amigo Gaspar y vuesas mercedes», y cumplir como el que más con todas las disciplinas y obligaciones que dispongan sus estatutos. Alberto y Calixto ríen con la ocurrencia y le cuestionan que cómo va a ingresar en la cofradía si el capítulo séptimo de las Reglas especifica que hay que apartarse de la gente viciosa del juego de los naipes, como es su caso. El sacerdote, que también conoce el contenido de las Reglas de la cofradía intercede y apela también al mismo capítulo en el que se recoge que si bien pide apartarse de los pecadores y los disolutos, también recoge que, como el Hijo Pródigo del Evangelio, hay que procurar recuperarlos para «que hagan penitencia de sus pecados» y asegura que, conociendo a Sancho, es llegado el momento de redimirse de todas sus culpas. Desde hace tiempo lo viene animando a seguir este camino y le consuela comprobar que continuamente ve indicios de arrepentimiento de la vida pasada, que es el mejor principio que pudiera tener para enderezar su camino del vivir cristiano.

Para que lo comprueben con sus propios ojos, les invita a que la tarde del próximo Viernes Santo vuelvan al recinto para presenciar el desfile procesional que organiza la Cofradía del Nombre de Jesús contra los Juramentos, que el mismo fundó y a la que pertenecen todos los presos. Ha alcanzado tal fama que mucha gente de fuera acude a la cárcel para presenciarla porque les entra un gran sentimiento al percibir la correspondencia entre la penitencia que se infringen los presos y los azotes que Jesús sufrió también en los calabozos. Hasta las saetas que cantan los reclusos suenan de una manera diferente. Sancho es parte muy activa de la misma cuando recala en prisión y se encarga de organizarla por el interior del presidio, así como de todo lo demás: que las insignias estén dispuestas, la adquisición de la cera, la contratación de los músicos, que haya un número suficiente de disciplinas para los penitentes y del ornato de las imágenes que se encuentran en la capilla y también de las andas donde son entronizadas para conducirlas por todas las dependencias de la prisión. Todos los gastos son sufragados gracias a las limosnas que dan cada noche los mismos presos al paso de la imagen de la Virgen con la que recorren todas las galerías cantando las letanías y deteniéndose, de manera especial, ante los moribundos y ante aquellos que van a ajusticiarse al día siguiente.

Después de las averiguaciones realizadas, que eran el principal motivo de la visita, y habiendo escuchado con atención todo lo que se ha dicho, Calixto y Alfonso dan por concluida la visita y se retiran. El padre Pedro les insiste nuevamente para que no dejen en el olvido también al pobre de Sancho, que, aunque a él le sirve de provecho dentro de la prisión, no deja de reconocer que ha pagado con creces sus errores pasados.

Transcurridos unos días, y con motivo de las gestiones realizadas, los dos presos son puestos en libertad. Alborozados se dirigen a la modesta vivienda de Gaspar para asearse y ponerse ropas limpias y tras mostrarle la estancia situada en el soberao —que podrá ocupar en adelante— y echar un vistazo al puesto donde le ayudará a partir de ese momento, se dirigen al cenobio de San Basilio, donde se arrodillan ante la Virgen de la Esperanza para agradecerle su mediación y procurar su salida de prisión. A continuación, entornan sus pasos hacia el claustro en donde se encuentran las modestas dependencias de la hermandad. Allí los recibe el escribano, a quien saluda muy cordialmente el tendero; le presenta a Sancho haciéndole ver el deseo de este amigo para formar parte de la nómina de hermanos. Se trata de cumplir una promesa que había hecho en presidio. El escribano le contesta que está al corriente de la situación y que el padre Pedro León también le ha referido las circunstancias de su amigo Sancho, por lo que, si se compromete a presentarlo y responder por él, no le pondrá ningún inconveniente para que pase a formar parte de la cofradía.

A continuación, buscan una taberna donde poder tomar unos vinos en condiciones y no aquel brebaje del diablo que despachaban en las tabernas de la cárcel. Y en eso, escuchan una voz de mujer que va pregonando: «¡Chicharrones vendo! ¡Manjar de cristianos viejos…, que solo la gente limpia es la que come los puercos!» No pudiendo resistirse, compran un generoso cartucho de este exquisito manjar para acompañar la ingesta de vino.

Gaspar no volvió a tener nuevos conflictos con la Justicia, mientras que Sancho abandonó por completo los naipes y, tal como prometió, no faltó a ninguna penitencia, ni tampoco a ningún culto, incluyendo las tres fiestas principales de la Hermandad: la festividad de la Virgen de la Esperanza, la de San José —ambas en su propio día si fuere domingo o al siguiente—, y el último domingo de noviembre cuando se celebraba eucaristía por todos los hermanos y hermanas cofrades difuntos, por las ánimas de los parientes y bienhechores, así como por las ánimas del purgatorio. Ayudaba a Gaspar en su establecimiento y gracias a sus relatos, que compartía con la clientela, consiguió aumentar las ventas y por tanto los beneficios del negocio; además, al quedarse disponible el puesto remunerado de muñidor de la Hermandad se lo ofrecieron a el, cometido que desempeñó hasta su fallecimiento.

Todas estas circunstancias posibilitaron que su vida diese un rotundo giro, que él achacó siempre a la milagrosa intercesión de la Virgen de la Esperanza, de la que se convirtió en su más fiel devoto, alcanzando además fama de cofrade ejemplar entre los vecinos de la collación. El día que falleció no hubo nadie que muñiera la campana por él para avisar de su muerte a los cofrades, pero no hizo falta porque su funeral fue de los más concurridos que se recordaba en el barrio, tal era el cariño que se granjeó de sus hermanos macarenos.