SANTIAGO

…y el gran olvidado

Castillo de Grottaferrata en Roma

Tras un agotador viaje fray Bernardo distinguió a lo lejos las colinas Albanas, señal inequívoca de que estaba llegando a las inmediaciones del convento de Grottaferrata. Golpeó con fuerza el gran portalón de la entrada. Su fama de santidad le precedía y los monjes que por allí se encontraban, al saber de quién se trataba, se apresuraron a saludarle y darle la bienvenida, designando a uno de los novicios que con ellos se encontraba para que lo llevara al encuentro del Abad General. Antes de acudir ante el prior, fray Bernardo solicitó que le permitieran dejar en su celda las escasas pertenencias que llevaba y asearse un poco.

Al rato, el mismo novicio volvió a por el fraile para acompañarlo a la presencia del prior, pero le rogó antes de verlo poder arrodillarse ante el Santísimo en la iglesia del monasterio para agradecer al Señor que había llegado sano y salvo a su destino tras tan largo y azaroso viaje. Al cruzar la puerta atrajo su atención el bello mosaico bizantino que se encontraba en el dintel de la entrada y en el que Jesús, acompañado de la Virgen y San Juan, bendecía desde su trono a cuantos la traspasaban, reparando en la leyenda que decía: «Yo soy la puerta, el que pase por mí se salvará» Llegado al presbiterio se arrodilló ante el sagrario y musitó en voz baja unas plegarias. Antes de levantarse dirigió su mirada hacia el Teotòkos, el icono de la Madre de Dios con el Niño Jesús en sus brazos y tras santiguarse se puso en pie.

No quiso hacer esperar más al Abad General, y en compañía del joven novicio salieron a su encuentro, quien lo recibió muy afablemente y le obsequió con una copa de malvasía. Iniciaron una breve charla, comentándole el padre Bernardo detalles de cuando años atrás visitó por primera vez el monasterio, así como del trato cercano y afable que había recibido de fray Colantonio Rufo, el primer General de la Orden de San Basilio para el rito latino. Tras un buen rato de conversación en el que el Abad General se pone al corriente de como marchaban las cosas por Sevilla y el resto de las fundaciones hispanas, le cambia el semblante y poniéndose en pie se dirige a la ventana, desde la que se divisa la torre románica de la iglesia, guardando un prolongado silencio que desconcierta a fray Bernardo. De repente se vuelve hacia él y pasa a exponerle el motivo por el que le convocaba a su presencia. Le informó que siempre había recibido opiniones muy favorables sobre su persona, tildándolo aquellos que habían tenido trato con él de persona virtuosa y venerable, e incluso rodeado de un halo de santidad y un modelo a seguir; y que precisamente por ese motivo se le hacía tremendamente doloroso revelarle la causa de su llamada, que no era otra que la denuncia que contra él habían formulado dos frailes de la misma Orden, y que ateniéndose a lo dispuesto en sus Ordenanzas no tenía otra opción que averiguar la verdad. Aquella revelación supuso un gran dolor para el corazón del fraile. Cómo era posible que dos de sus frailes hubiesen sido capaces de semejante afrenta cuando a todos los consideraba como hijos suyos; y, sobre todo, cuál era el oculto y miserable motivo que se escondía tras una acción tan depravada. Las palabras de consuelo del General de la Orden no mitigaron el sufrimiento que anidaba en su interior.

Pocos días después se conformó el Tribunal para juzgarle y tras dar lectura al acta notarial por la que el escribano daba fe del contenido de la denuncia que había sido remitida junto con todas las averiguaciones por el Cardenal Arzobispo de Sevilla, Rodrigo de Castro y Osorio, se pasó a interrogar al acusado. Hasta ese mismo momento no fue conocedor del delito que se le imputaba y pronto comprendió que se trataba de una falacia que tenía como único objetivo desacreditar su papel principal dentro de la orden para despojarle de su condición —el tan ruin quítate tú, que me quiero poner yo—, y para ello le acusaban de proferir halagos e inducimientos a varias mujeres en el confesionario, además de haber mantenido caricias, roces y tocamientos con algunas, causándoles gran sufrimiento. Recordó en ese instante que San Juan de la Cruz, con el que había coincidido en varias ocasiones, había pasado por unas circunstancias similares a las suyas inducidas, igualmente, por religiosos de su misma orden con el único objetivo de desacreditarle y despojarle de todas sus responsabilidades dentro de la Orden.

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Durante varios días se procuró su confesión de los delitos por los que se le procesaba, manteniéndole confinado en su celda y soportando nuevos interrogatorios, pero el fraile se mantenía firme en la falsedad de las acusaciones y de que sus aseveraciones eran las verdaderas. Entre tanto, rezaba permanentemente al Señor pidiéndole su auxilio mientras se mortificaba azotándose la espalda y no probando alimento, tan solo el pan consagrado que a hurtadillas le traía uno de los frailes que se apiadaba de él. Tan convincente resultaba la actitud del religioso, así como lo firme y rotundo de sus razonamientos que finalmente fue absuelto por el tribunal al considerar que todo había sido urdido para menoscabar su intachable reputación, puesto que siempre fue tenido por un Oráculo de Santidad.

Aunque el proceso judicial se había resuelto de forma favorable para los intereses del padre Bernardo, el daño ya estaba hecho. Durante la cena el Abad General le invitó a que se quedara con ellos en el monasterio pues estimaba que sería de gran provecho espiritual para sus frailes y para todo el pueblo, pero el fraile agradecido le respondió que ardía en deseos de regresar a Sevilla, a lo que el Abad le rogó que consultase con la almohada su ofrecimiento y que al día siguiente le diera respuesta, emplazándolo en su despacho tras el rezo matutino. Aquella insistencia le pareció muy extraña a fray Bernardo, pero no quiso darle mayor importancia. Efectivamente, a media mañana se dirigió a visitar al su General para agradecerle la invitación que le hizo la noche anterior y anunciarle su disposición para regresar inmediatamente a la capital hispalense. El prior, al que acompañaba el cardenal Santoro, le pidió que se sentara porque tenía que confesarle que no había sido capaz de relatarle todos los sucesos que se habían producido desde su partida de Sevilla y le pidió al cardenal que fuese él quien lo pusiese al corriente. Así le transmitió que, por las informaciones que le había hecho llegar el nuncio Caetani, el cardenal de Castro había sido el responsable de incoar el proceso que se había seguido contra él y que al abandonar Sevilla lo había destituido como prior del convento y Provincial de la Orden convocando seguidamente a Capítulo para elegir a sus sustitutos, siendo nombrados fray Juan de San Basilio y fray Baltasar Ramírez de San Ildefonso.

Comprendió entonces el alcance de la encerrona de la que ha sido objeto y tras la insistencia del abad para que accediera a quedarse con ellos en Grottaferrata renunció finalmente a retornar a su convento hispalense y optó por pasar los pocos años que le restasen de vida recluido en aquella tranquila casa que comenzaba a presentirla como su última morada y a la acudió por primera vez cuarenta años antes para recibir el hábito de la Orden.

Fray Manuel Juan volvió poco después a Sevilla para relatar cuanto había ocurrido desde su partida y su historia corrió de boca en boca por los vecinos de la collación, que no daban crédito a semejante proceder por parte de algunos de los monjes a los que tanto estimaban. No podían comprender cómo esos hombres que habían consagrado sus vidas al servicio del Señor pudieran ser capaces de mentir de esa manera tan miserable. Y además, contra el pobre padre Bernardo. ¡Un hombre bueno y santo!, decían. Los cofrades de la Virgen de la Esperanza tampoco daban crédito a cuanto escuchaban y entre ellos se consolaban por haber perdido tan destacada presencia entre ellos, que aunque los congregó antes de su partida para despedirse de ellos nunca perdieron la esperanza de que retornase de nuevo para continuar guiándolos y dirigiéndolos espiritualmente. Desde aquel día, aquellos hermanos dejaron de ver a los monjes de la misma manera. Se acababa de abrir una grieta entre los cofrades y los frailes que con el tiempo desembocaría en la marcha de la Hermandad de la que había sido su sede fundacional llevándose con ellos a la Virgen de la Esperanza.

El poder de las cofradías