SANTIAGO

y el gran olvidado.

La Historia final de Fray Bernardo de la Cruz, el primer devoto de la Esperanza

Los últimos años de la vida de fray Bernardo transcurrieron en la paz y quietud del convento, gustando de pasear entre los olivos de la huerta que le devolvían a su infancia en tierras cordobesas. Siguió pasando muchas horas en el confesionario y no era extraño verlo en la magnífica biblioteca del cenobio y al igual que ya le ocurriese en otros lugares donde había recalado, su fama de santidad y de hombre virtuoso fue extendiéndose por toda la región, alcanzando igualmente reputación de venerable y, como ya le sucediese también en Sevilla, las gentes más humildes aguardaban junto a nobles y personas adineradas para expiar sus pecados y recibir sus sabios consejos, resultando que había días que eran tantas las personas que acudían, que desde el alba hasta el ocaso permanecía encerrado en el confesionario atendiéndolas. Dentro del complejo monacal también se encontraba la parroquia de Santa María de la Gracia, a la que acudía con frecuencia para venerar a la bella imagen de la Santísima Virgen -de idéntica advocación a la que había encomendado el convento que fundara en Posadas en 1581-; y en ocasiones, cuando cerraba los ojos, le parecía encontrarse ante su Virgen de la Esperanza experimentando, entonces, un gran consuelo en su alma.

Al atardecer de un caluroso día del mes de junio de 1608, tras otra agotadora jornada asistiendo a sus feligreses y absolviéndolos de sus culpas en nombre de Dios, se desplomó al suelo cuando abandonaba el templo para cenar antes de retirarse a su celda. Viendo los frailes que no acudía al refectorio acudieron en su búsqueda, encontrándolo tendido en el suelo. Lo recogieron entre varios y lo trasladaron a su celda, acostándolo en su camastro donde quedó atendido por sus compañeros, pero al constatar que su estado de salud no mejoraba, decidieron trasladarlo a la cercana localidad de Frascati —una de las poblaciones que constituyen los Castelli Romani—, por gozar en ella de una temperatura más agradable y por la ventaja de disfrutar de una mayor cercanía de los médicos, algo que facilitaría su tratamiento. «Si es morir, no quisiera tan presto, pero el Señor es dueño de la vida y de la muerte», repetía pensando en los numerosos hijos espirituales que había logrado reunir por aquellos lares. Pero, a pesar de los intentos de los galenos por prolongarle la vida, y de los ruegos y súplicas que elevaban al Señor los lugareños que permanecían concentrados a las puertas de la casa, fallecía fray Bernardo en olor de santidad, marcando el almanaque el día once de julio de 1608, festividad de san Benito, patriarca de los monjes occidentales. Ya había comenzado a caer la tarde y el cuerpo de Fray Bernardo se veló esa noche en la intimidad del aposento en el que había permanecido sus últimos días.

La noticia se extendió por la región y a la mañana siguiente las calles del itinerario que recorrería la comitiva fúnebre acogían una gran cantidad de personas que comentaban, apenadas entre ellas, las bondades del fraile fallecido. Con solemne pompa y con el acompañamiento del pueblo, su cuerpo se trasladó a la vieja Iglesia Catedral de San Pedro. Tras subir la escalinata de entrada y acceder al interior del templo, se dispuso la capilla ardiente ante la que no dejaron de transitar, a lo largo de la jornada, personas de todas las clases sociales y edades para despedirse de él y mostrarle su gratitud y respeto. Avanzada la tarde, y en una catedral completamente ocupada de fieles, se cantó por su alma el oficio de difuntos y se celebró la misa solemne presidida por el cardenal Pierbenedetti —que había tomado poco antes posesión de aquella diócesis—, y concelebrada por sus dos inmediatos antecesores, los cardenales Gallo y Pinelli, que profesando ambos gran afecto al padre Bernardo se desplazaron desde la cercana Roma para asistir a sus funerales, además del Prior General de la Orden, canónigos, sacerdotes y frailes.

Morir en comunidad. Usos, costumbres y rituales en torno a la muerte en  monasterios femeninos hispánicos

Una vez finalizada la solemne ceremonia se dispuso el traslado de los restos mortales hacia el monasterio que se encontraba a poco más de media legua de distancia. Las campanas de la catedral tocaban a duelo cuando a la caída de la tarde se puso en marcha la comitiva. Los monjes con cirios encendidos alumbraban el camino y precedían la cruz acompañada de dos ciriales portados por acólitos; a continuación, el féretro con los restos del padre, que era conducido por gentes del pueblo, y detrás el Abad General revestido para la ocasión escoltado por los novicios con velas. Cerrando la comitiva, una gran cantidad de vecinos con hachas también encendidas.

Cuando el séquito fúnebre cruzó el pórtico de entrada del monasterio, los frailes relevaron a los vecinos del pueblo y fueron ellos los que portaron el cadáver por el interior del recinto. Al reanudar la marcha, el abad entonó la antífona Si iniquitates y la comunidad continuó con el salmo De profundis. A continuación, el prior cantó la antífona Exultabunt Domino y el salmo Miserere con el Requiescat in pace, al tiempo que el ataúd era depositado en una mesa ante el presbiterio, cubierto todo con un paño negro con el escudo de la columna llameante.  Se cantó el ultimo responsorio Libera me, Domine, simultáneamente el abad recitaba las últimas oraciones sobre el cuerpo y otros tres responsorios más, mientras se incensaba y echaba agua bendita.

Una vez desalojada la iglesia se procedió del traslado del cuerpo a la capilla de los Santos Abades Nilo y Bartolomé, donde se colocó honrosamente, siendo el primero que se sepultó junto con los santos fundadores de la Abadía. No era de extrañar el lugar elegido para su descanso eterno a tenor de la consideración de santidad que le observaban por los basilios italianos, de tal magnitud que un anónimo cronista inscribió su partida de defunción en el Libro de Vesticiones y Profesiones, abriendo así una práctica que posteriormente se siguió en la abadía.

Abbazia di grottaferrata ove esistono i celebri fresci del domenichino | 111

Transcurridos más de cuatro siglos de su muerte, se puede asegurar que, si el cuerpo de fray Bernardo descansa en Grottaferrata, de manera anónima, o entre San Nilo y San Bartolomé, su espíritu parece musitar al son de los pinos mecidos por el viento entre las ruinas de Santa María de Oviedo, en Mata Begid; y sigue presente en Sevilla, junto a María Santísima de la Esperanza Macarena, a la espera de la resurrección.

Tampoco erraríamos si concluyésemos que si en los más de cuatro siglos de existencia de la hermandad han pasado por ella personas muy señaladas y significadas que han jugado papeles importantes en su mantenimiento y crecimiento, fray Bernardo puede considerarse como la más principal de todas ellas, dado que sin su figura no habría tenido origen la misma, porque fue él quien prendió la llama entre los vecinos, infundió su espíritu en ella y la acompañó en sus primeros pasos. Por lo tanto, nada de lo que a continuación ocurrió hubiese sucedido y esta historia jamás se hubiese escrito. Nos puede llenar de tristeza que el paso del tiempo haya borrado todo rastro del lugar exacto donde reposan sus restos dentro del complejo monacal romano, pero resulta  mucho más desolador que tampoco quede en su Hermandad de la Macarena memoria suya más allá del conocimiento atesorado por un reducido número de hermanos a pesar de que sin su imprescindible y decidida determinación nunca se hubiera producido el bendito encargo a un desconocido escultor y los macarenos jamás hubiesen conocido a su Esperanza. Descanse eternamente su alma en la paz del Señor e interceda ante El por todos nosotros.