SANTIAGO

con fama de santidad y el gran olvidado.

Se había ganado fray Bernardo fama de ser hombre muy docto, y santo, porque recibía de muy buena gana a las personas pobres, y confesaba con gusto a los que padecían aflicciones y necesitaban mucho de consuelo y consejo, sin importarle condición ni cualquier otra consideración, y practicaba regularmente la penitencia con unas disciplinas en la soledad de su celda. En cierta ocasión, durante la celebración de una Función dedicada a la Virgen de la Esperanza, cuando se dirigía hacia el púlpito para predicar, algunos fieles vieron como una paloma blanquísima apareció revoloteando junto al fraile para acabar introduciéndose en su pecho justo cuando comenzaba su sermón, enfervorizándose notablemente, no pareciéndose a él mismo y si bien sus predicaciones eran esperadas por todos, aquella vez asombró a los parroquianos con una homilía extremadamente mística, espiritual y devota, pareciendo que no fuese él quien ofrecía la plática sino el mismo Espíritu Santo. Antes de celebrar misa se retiraba al coro de la iglesia y se recogía en oración para meditar profundamente sobre el sacramento que se disponía a administrar y en ocasiones era tanto su recogimiento que se veía cercado de rayos de luz resplandecientes como el mismo sol.

Tan grande era su magisterio espiritual y tanta la reputación de la que gozaba que formaba parte del trío de religiosos a los que estaban reservada la dirección espiritual de todos los conventos de monjas de Sevilla y la resolución de las situaciones más delicadas que en ellos se pudieran producir. También estaba obligado, por comisión especial del General de su Orden, a visitar e inspeccionar los conventos basilios. No eran cómodos los viajes entre poblaciones ni tampoco estaban exentos de peligros que podían aparecer en cualquier momento. Por ello, el padre Bernardo se confiaba en la misericordiosa providencia del Señor y repetía constantemente esta oración: «Padre Eterno, por los méritos de la pasión de tu Unigénito Hijo, y por las oraciones de los que te sirven y agradan, líbrame de esta tribulación». Esta oración que repetía permanentemente cuando viajaba parece que le servía bien, vistos los efectos milagrosos que producía. En cierta ocasión, en noche muy oscura, creyó ahogarse cuando cruzaba un río en compañía de otros frailes, pero al pronunciar la oración pudo salvarse; en otra, cayó de la mula —que salió en estampida— mientras que su pie quedó colgando del estribo, mas nuevamente recitó su milagrosa plegaria y de nuevo salió ileso de este trance.

La fama de santidad del padre Bernardo se había extendido ya por gran parte de la ciudad, sobre todo por las calles y plazas de la zona norte de la misma, y eran muchos los que llegaban hasta cenobio de San Basilio para confesarle sus culpas y pedirle consejo. Tantos eran los que lo buscaban que no tuvo más remedio que obligarse, no sin agrado, con gran dedicación al confesionario por el bien de las almas de sus muchos hijos espirituales, que con su doctrina y consejos ganaron en virtud y fortaleza. A los ricos les aconsejaba dar muchas limosnas y gracias a ello se asistieron muchos pobres remediando el hambre y las necesidades más básicas de muchas familias que en aquellos tiempos tuvieron que soportar la dureza de las calamidades que se ensañaban con la metrópolis. Por ese motivo no era de extrañar las continuas riñas y peleas entre los mendigos por coger un buen sitio a las puertas del convento, sabedores de lo convincente que podían llegar a ser las palabras del prior. A los pobres les animaba para que pusieran toda su confianza en Dios y les insistía que orándole con fervor nunca serían abandonados por Él. A las personas de la nobleza les imponía el desprecio de sus lujos y comodidades, de los trajes suntuosos y de todo aquello que oliese a vanidad; y aconsejaba con tanto tino y sabiduría que muchas damas ilustres —como le ocurrió a la marquesa de La Algaba— abandonaron todas sus galas y las comidas refinadas y con trajes modestos para no ser reconocidas, acudían a los conventos y comían entre los pobres de lo mismo que a ellos les daban, y en muchas ocasiones en sus mismas escudillas, aunque resultase repugnante, para vencer las facilidades con las que se habían criado desde la cuna.

Una de sus hijas espirituales, a la que confesaba y dirigía era a sor Ana de Jesús. Se trataba de una mujer que había tenido una vida llena de sufrimientos y penalidades, aunque siempre confiada en la Misericordia de Dios. Había casado muy joven con un viudo que tenía varios hijos pequeños. Tenían una economía suficiente hasta que la suerte les dio la espalda y el esposo acabó con sus huesos en la cárcel. Sin oficio, Ana tuvo que sacar adelante a sus hijastros y a las dos hijas que había concebido. Ya en su madurez y sin hijos que dependieran de ella, bien por haber fallecido unos, casados otros o recluidas como monjas otras, decidió profesar en las Descalzas de la Santísima Trinidad.

Ana tenía una virtud que le acompañaba desde pequeña y era que en ocasiones tenía visiones de acontecimientos que estaban por ocurrir. Una noche, mientras dormía tuvo conocimiento del pronto fallecimiento en Roma del padre Bernardo. Aquella visión la llenó de temor y angustia y a la mañana temprano salió rauda hacia San Basilio para referirle al abad lo que le había ocurrido. El fraile se extrañó mucho de que acudiera tan temprano a verle, pensando que ocurría algo grave. Ana le refirió lo que había percibido y en un principio fray Bernardo no dio ninguna importancia a esas palabras ya que resultaba improbable que pudiera suceder al no tener intención de viajar hasta tan lejos, pero viendo la insistencia de la monja le respondió con natural sentimiento: «Si es morir, no quisiera tan presto, pero el Señor es dueño de la vida y de la muerte». Esa conversación mantenía en el confesionario cuando se les acercó otro religioso para avisarle que acababan de traer una carta del Abad General para él. Aquello no se lo esperaba. Algo turbado y con la cara pálida, subió las escaleras del convento —no sin antes desviar una mirada de desconcierto a la monja—y se sentó en el catre de su celda; abrió con intriga la misiva y la leyó con mucha ansiedad. Desconcertado por su contenido la releyó y resignado bajó de nuevo a la iglesia del convento pidiéndole a Ana que le acompañase. Juntos se postraron a las plantas de la Virgen de la Esperanza rogándole su intercesión ante el Señor para que lo que acababa de leer se resolviese favorablemente ya que comenzaba a dar crédito a lo relatado por la religiosa, puesto que la sede principal de la orden se encuentra en un monasterio situado en la provincia de Roma, dentro de la región de la Lacio. A continuación, tras despedirse de la madre Ana se unió a sus monjes en el refectorio y al finalizar la cena les anunció que había recibido instrucciones del Superior de la Orden para que se presentase ante él con toda la diligencia que le fuese posible, por lo que en los próximos días partiría hacia Roma. Aprovechó esas jornadas para dejar cerrados todos los asuntos del gobierno del convento y despedirse de los vecinos del barrio haciendo las paces con alguno con quien había reñido y dando buenos consejos a otros. Reunió la tarde anterior de su partida a los cofrades de la Esperanza y anunciándoles que probablemente sería la última vez que se verían les dio precisas indicaciones de cuanto esperaba de ellos y de la misión que por gracia de Dios les había encomendado, y que al igual que Jesús buscó la cuna más humilde para venir al mundo, también procuró otro lugar igual de humilde para el nacimiento de nuestra hermandad, pero que estaba convencido que la llama siempre viva de la Esperanza con el tiempo acabaría iluminando al mundo. Antes de despedirse se dirigieron ante el altar de sus devociones para rezar una última salve reunidos en torno a Ella.

Acompañado de fray Manuel Juan de San Gregorio partió al alba nuestro fraile desde Sevilla por el camino de Antequera llegando, poco después de una semana, a las estribaciones de Sierra Mágina y aprovechar para despedirse de sus queridos frailes de los cenobios y lugares fundacionales de Carchelejo, Cambil, Mata-Bejid y Huelma. Tras unos días de descanso emprendió de nuevo su camino hasta llegar a Cartagena, donde embarcó poco después, y tras realizar breves escalas en Palma y Palermo para cargar agua y provisiones, continuar hasta Nápoles, completando la última parte del viaje a lomos de una mula hasta llegar a su destino.

Durante todo el viaje tuvo muy presente la oración que, cada vez que la había pronunciado, le había salvado de anteriores tribulaciones, como volvió a ocurrir durante la singladura cuando aparecieron unos piratas moros, que aprovechando el viento a favor se aprestaron para abordarlos y someterlos como esclavos, pero tras declamar su oración el viento cambió de pronto pudiendo escapar de tan grande amenaza. En el camino de Roma se hospedaron una noche en una posada y por descuido dejaron una vela encendida y cuando todos dormían cayó sobre sus ropas comenzando las prendas a arder. Una mano que surgió de la nada le zarandeó despertándolo y a voces despertó a su compañero que comenzaba a sufrir las consecuencias de la inhalación del humo que llenaba ya toda la estancia.

Habían transcurrido varias semanas desde la partida de fray Bernardo y sor Ana de Jesús desconocía si había llegado a su destino. En ocasiones tenía sus visiones y por ellas entendía que se encontraba bien, pero hacía tiempo que no había tenido ninguna, por lo que mientras rezaba arrodillada ante el sagrario de San Basilio, adonde seguía acudiendo en busca de confesión, pedía al Señor una señal que le hiciese conocer si su padre espiritual se encontraba bien. Entonces escuchó una voz en su interior que le decía: «Tu padre es muerto, y en señal de lo que te digo, se apagará una candela de las que arden en el Altar». En el mismo momento que escuchó esto una de las velas comenzó a centellear de manera aparatosa y de repente se apagó. Al poco tiempo, apareció el sacristán y al percatarse de que no ardía la encendió de nuevo, y no había abandonado el recinto cuando se volvió a apagar, retornando sobre sus pasos para encenderla de nuevo, apagándose otra vez más y mucho antes que en la anterior ocasión. El sacristán miraba atónito a la monja, quien dudaba si quien estaba actuando de esa manera era el mismo demonio. Ante esa sospecha le dijo: «No te canses, que no creo tus embustes, ni los creeré en tiempo alguno». Cerrando los ojos y acercando la cara a sus manos unidas en oración, rogó a Dios con esta plegaria: «Sumo bien, Señor y Padre Amantísimo de nuestras almas, si es de vuestro agrado, dadme muestras de la verdad, y de que mi confesor y siervo tuyo, vive». En ese momento, la llama que permanecía apagada se encendió por si misma y resplandecía mucho más que las demás, por lo que la monja esbozó una leve sonrisa al haber obtenido la señal de que fray Bernardo seguía con vida. El sacristán, todavía asombrado por cuanto había presenciado, salió raudo hacia el claustro del convento para contar a los frailes el prodigio del que acababa de ser testigo y todos se llenaron de alegría al conocer que su prior se encontraba bien. Esa noche lo celebraron durante la cena obsequiándose con una generosa jarra de mosto del Aljarafe.