SANTIAGO

Con fama de Santidad y el gran olvidado (I)

Entre el veinte de noviembre y el ocho de diciembre de 1595 la lluvia no dejó de caer con fuerza sobre Sevilla provocando que los ríos Guadalquivir y Tagarete acabaran desbordándose e inundando buena parte de la ciudad; pero si grandes fueron los daños padecidos en la ciudad, mayores fueron los sufridos en los pueblos cercanos a ella, especialmente el de Santiponce que fue tragado por las aguas refugiándose los pocos vecinos que se salvaron a un lugar más elevado al que pondrían por nombre Villazgo.

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Recreación de Sevilla en el Siglo XVI y de una riada junto a sus murallas

Sin embargo, no fue esa la noticia más comentada en aquella mañana del veinticinco de noviembre en las calles del barrio, sino la nueva hermandad que se había instituido en el convento de la comunidad de los Basilios recién recalada en el corazón de aquel dédalo de calles y huertas, perteneciente tanto a la parroquia de Omnium Sanctorum —la iglesia— como a la de San Gil —viviendas, claustros y huertas—. Desde primera hora, quienes acudían a los puestos y tenderetes que rodeaban la iglesia parroquial de la calle Ancha de la Feria, así como los que concurrían en las tabernas, comercios y establecimientos de la zona, coincidían en los beneficios que les habían reportado la llegada de aquellos monjes de negros hábitos con cogullas realizados en sencilla estameña y que cubrían sus cabezas con capuchas.

En poco menos de un lustro aquel barrio, tan dejado de la mano de Dios, se había encontrado con un cenobio, de los que tan escasos se encontraba la zona, así como una cofradía que podría servir para dotar de mayor cohesión al barrio, y todo ello gracias a la figura de un perseverante fraile que ya tenía entre los vecinos fama de «persona de raro ejemplo y virtuoso observante».

La vida eclesiástica de este monje —sacerdote secular natural de Montilla— se había iniciado como eremita en tierras jiennenses, uniéndose sobre 1560 a otros once ermitaños en el humilde monasterio de Santa María de Oviedo enclavado en la aldea de Mata-Begid, a poco más de una legua de Cambil, en plena Sierra Mágina. Muy próximo a este —en el barranco de Cazalla— erigió otro cenobio que puso bajo la protección de Nuestra Señora de la Esperanza. Siendo abad de este convento acudió en 1561 a Roma para obtener la confirmación canónica mediante el Breve del papa Pío IV; y posteriormente lo hizo para recoger la Bula de S. S. Gregorio XIII, de mayo de 1574, en la que se reconocía la presencia de los basilios en el territorio español.

Contexto de la Huerta de los Frailes: La Orden de San Basilio Magno en  España

Ya con la posibilidad de fundar conventos erigió nuevos establecimientos en diferentes localidades de las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén, entre otras. En 1564 llegaría a Sevilla por primera vez y adquirió unas casas que eran propiedad de la parroquia de San Gil conocidas como del «Mesón de la Cordobesa» frente al Hospital de la Sangre, siendo más que posible que fuera el mismo que redactara la Regla de la Hermandad de las Cinco Llagas y Santa Cruz de Jerusalén que se encontraba establecida por entonces en la iglesia de aquel establecimiento hospitalario.

Hospital de las Cinco Llagas, frente a las Murallas y Puerta de la Macarena

Años después volvería a la ciudad, acompañado en esta ocasión de los frailes Basilio de los Santos, Juan de la Puente, Melchor de los Reyes y Pablo de Santa María. Tras algunas desavenencias con los administradores del hospital acudió al de San Lázaro donde mantuvo contactos con la hermandad allí asentada del Cristo Humillado para procurar su colaboración en la empresa que traía en mente.

Mientras tanto, abandonó las casas que había ocupado desde su anterior visita a la ciudad para trasladarse a otras intramuros, ubicadas entre las calles Linos y Relator. No cabe duda de que en su cabeza rondaba la idea de erigir un gran convento en la ya esplendorosa Sevilla con la intención de contar con una hermandad que se instalase en él para que sus cofrades colaborasen con ellos en la consecución de sus fines. Tuvo ocasión de conocer como la Orden de los Mínimos levantaba un nuevo colegio para sus novicios en la cercana calle de las Palmas, próxima a la Alameda de los Hércules, bajo la advocación de San Francisco de Paula y de cómo procuraron en 1592 la llegada al nuevo templo de dos hermandades, la de las Tres Necesidades, de reciente creación, y la del Cristo de la Sangre y Nuestra Señora de la Candelaria desde el barrio de San Vicente. Eso era lo que pretendía desde hacía tiempo sin haberlo logrado. Ya había iniciado la edificación del nuevo convento y lo que le restaba por hacer era atraer alguna de las hermandades existentes, o mejor incluso, constituir una nueva en la que se integrasen sus vecinos, que por proximidad vendrían en servir mejor a su causa. En esa época el cenobio de la calle Relator contaba con quince monjes, de los que ocho eran sacerdotes y tres habían recibido órdenes menores.

En mayo de 1593 se reunía en Sevilla el capítulo de la Orden, del que salió como provincial fray Andrés de San Miguel; mientras que fray Bernardo, Rector del recién creado Colegio de San Basilio, resultó designado para formar parte del definitorio que se encargaría de gobernar la Orden junto al provincial. Con frecuencia visitaría a su amigo, el venerable fray Juan de San José, mercedario descalzo con fama de santo, que llegó a ser Vicario General de su orden por nombramiento de S. S. Gregorio XV, manteniendo con él aquellas serenas conversaciones de las que sacaba provechosas enseñanzas para el gobierno de su convento.

En junio de 1595 fray Bernardo es convocado a capítulo de la Orden en la ciudad de Córdoba, siendo presidido por el deán de la catedral, don Luis Fernández de Córdoba, quien años más tarde resultaría providencial para el devenir de la próxima Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza. En dicho capítulo, además de redactar nuevas Reglas para la Orden resultaría elegido nuevo Provincial de la orden basilia, de lo que el nuncio en España, monseñor Camillo Caetani, daría puntual traslado al cardenal Protector de los Basilios, Giulio Antonio Santoro. Ya de vuelta a Sevilla pasó el verano compaginando su nueva responsabilidad dentro de la congregación con las obras del nuevo convento que avanzaban con rapidez; las reuniones con su benefactor Nicolás Triarchi Franco y el maestro de fábricas del Arzobispado, el milanés Vermondo Resta, eran frecuentes y productivas, a pesar de que el heleno bienhechor acababa siempre relatando algunas de sus andanzas en el Virreinato del Perú o detallando cómo amasó su fortuna en la ciudad de Valdivia, famosa entonces por sus minas de oro, mientras que el italiano aprovechaba cuando se le presentaba la ocasión para presumir del avance de sus obras más destacadas de ese momento, los hospitales del Amor de Dios y del Espíritu Santo, que acabarían absorbiendo al reguero de pequeños hospitales dispersos por toda la ciudad y que a juicio de las autoridades no resultaban demasiado eficaces.

El nuevo cargo de fray Bernardo dentro de la orden le obligaba a viajar con más frecuencia de la que deseaba para poder solventar todas las cuestiones que se planteaban en relación con los conventos de la congregación. No había hecho más que terminar el verano cuando tuvo que trasladarse a la palentina localidad de Bárcena de Campos para formalizar las escrituras de constitución de un nuevo monasterio de la Orden en esa localidad, recorriendo las ciento cuarenta leguas que separa esa población de Sevilla en unos veinte días, y deshaciendo el camino recorrido para encontrarse en su convento a primeros del mes de noviembre de ese año de 1595, con tiempo suficiente para redactar e informar de las Reglas de su anhelada cofradía. Sus esfuerzos se verían recompensados y era aprobada por el Arzobispado. Para instalar dignamente a la imagen titular ideó la colocación de un soporte en la nave central del templo en donde quedaría adosado el retablo que la cobijaría. Ya podían encargar sin demora a algún reputado escultor una imagen de la Virgen para que bajo la advocación de Esperanza pudiera ser la Titular de su Hermandad, quizás recurriese a aquel joven imaginero al que ya le había hecho el encargo de una imagen de San Basilio y otra de su hermana Santa Macrina.