SANTIAGO

Sin esperarlo, al anochecer de un buen día, el suave viento del suroeste le traía el eco lejano de unas cornetas que se colaba por la ventana. Para aquel niño, la llegada de esos sonidos anunciaban la llegada de una nueva primavera y desde ese día, al regresar del colegio, se entretenía en buscar entre las ramas de aquel torcido naranjo del barrio los primeros brotes de azahar. Nunca le defraudó aquel viejo árbol porque siempre fue el adelantado del barrio floreciendo antes que los demás.

 

Le contaron que aquellos sonidos que le acompañaron desde la infancia provenían de un enclave que no era no calle, ni plaza, que lo llamaban la Barqueta y estaba situado junto a una adoquinada calle Torneo en su confluencia con la Resolana. Su nombre tendría probablemente su origen en las pequeñas barcas que en ese lugar cruzaban a diario hasta la otra orilla a los jornaleros que trabajaban aquellas tierras. Todavía quedaban años para que las tapias y las vías se transformasen en paseos arbolados y para que un puente conectase ese enclave con la reservada isla de La Cartuja, esa árida extensión orillada de juncos y eucaliptos que divisaba en casi toda su extensión desde el balcón de su casa.

 

Por aquel entonces, a finales de los sesenta, aquel niño no era consciente aún de que su barrio se había levantado poco tiempo antes sobre las antiguas huertas de la Palmilla y la Tolecita, divisando desde la privilegiada atalaya que constituía una novena planta como iban surgiendo nuevos barrios sobre otras huertas y vaquerías, dispuestos para acoger a legiones de sevillanos que abandonaban los viejos corralones y casas de vecinos de intramuros procurando mejores condiciones de vida en sus nuevos hogares; proceso que se vio acelerado con las últimas grandes riadas que sufriría la ciudad.

 

De esa manera, sobre las antiguas huertas del Carmen, del Cerezo, de Cisneo Alto, de Cantalobos, de San Jacinto, de la Bachillera, del Rosario, de la Yesca, de las Cofradías, del Hierro, de San Francisco, de Santa María, del Cura, de Santa Catalina, de la Barzola, de Villegas y sobre otras muchas fueron surgiendo barrios que en algunos casos mantuvieron esos mismos nombres y que nos siguen evocando la actividad agrícola que durante siglos tuvieron, constituyendo durante siglos la gran despensa de la ciudad.

 

Muchas familias fueron abandonando las collaciones de intramuros para trasladarse a esas nuevas viviendas levantadas más allá de las Cinco Llagas y de las murallas; como así también hacían aquellos jóvenes matrimonios que inundarían de niños esos barrios. Todos dispuestos a comenzar una nueva vida dejando atrás el tañido de aquellas viejas campanas que hasta ese momento habían ido marcando el devenir de sus vidas, así como a sus vecinos de siempre. Todos llevaban entre sus pertenencias unas fotografías enmarcadas del Señor o de la Virgen, que ocuparían un lugar de privilegio en sus nuevos hogares convirtiéndose en el cordón umbilical con lo que dejaban atrás. “Dios bendiga cada rincón de esta casa” se podía leer en las puertas de todas las viviendas.

huertas y barrios macarenos

Días después de comenzar a oír esas cornetas, esos sonidos se volvían aún más nítidos y cercanos; aquel niño ya sabía que eso ocurría así porque se habían desplazado hasta la explanada del antiguo hospital en el que tantos niños de aquellos barrios habían venido al mundo, aunque ya estuviese cerrado y hubiese sido rapiñado. Allí, aquellos músicos iban ya acompañados de un grupo de hombres que desfilaban marciales al son de la música. Era el momento de rogar a algún adulto de la familia que se prestase a llevarlo hasta ese enclave para presenciar alguno de esos momentos. También eran días de probar túnica y capa, o de encargar un nuevo cartón para el verde antifaz -si es que ya no tenía remiendo el antiguo-, y tenerlo todo dispuesto para el siguiente Jueves Santo, que ya se antojaba cercano.

 

LOS ARMAOS de la Macarena. | Página 15 | El foro Cofrade

 

 Ese esperado día acababa llegando y los nervios, ante la proximidad de lo inminente, se apoderaban de aquel niño quien, tras una tarde de siesta y una cena típica de la Cuaresma sevillana, era revestido por su madre con su impoluta túnica y partía rumbo a la Basílica de la mano de su padre, y ya en solitario cuando fue cumpliendo años.

 

 Cuando caminaba hacía el templo nunca dejó de llamarle la atención el ver salir de los portales de aquellos bloques de viviendas otros nazarenos que vestían su misma túnica y que como gotas de agua iban confluyendo desde todas las bocacalles por las que discurría hasta la de Don Fadrique, convirtiéndose ésta en un gran río de capas blancas de merino que tras cruzar el Arco desembocaba en San Gil, donde el recordado párroco, don Manuel Domínguez Bermejo aguardaba en la puerta para saludar a los que iban llegando. Era el momento de saludar a familiares y también a los amigos del barrio y del colegio.

 

 Aquella misma estampa la reviviría cada año hasta que pasado el tiempo abandonó el barrio de su infancia para trasladarse con la familia hasta el casco antiguo de la ciudad. Entonces, trocó aquellas calles que tantas veces había cruzado por otras diferentes, pero en las que se repetía con sorprendente paralelismo la formación de esos regueros de nazarenos que saliendo desde sus viviendas se van juntando y creciendo en número hasta llegar hasta San Gil, aunque desde entonces lo haría por la de San Luis.

 

 Cuando lo hacía desde su antiguo barrio, aquel joven nunca reparó en que a esa misma hora se repetía por toda la ciudad y con similar intensidad ese confluir de terciopelos y merino, comprendió entonces cómo aquellos vecinos que se trasladaron hasta aquellas antiguas huertas habían conseguido, lejos de exiliarse de sus antiguos barrios de intramuros, ampliar sus fronteras más allá de lo que marcaba el callejero; y lo hicieron gracias a la devoción mantenida a los Sagrados Titulares, aquellos que colgaban de las paredes en añejas fotos en blanco y negro o coloreadas, y a la capacidad de transmitir esa devoción a sus hijos y nietos, algo que acabó siendo reconocido mucho tiempo después por el Ayuntamiento de la Ciudad, bautizando aquellos territorios con el mismo nombre con el que ya lo habían hecho sus vecinos, con el de su Virgen: Macarena.