SANTIAGO

El derribo de las murallas que habían protegido a la ciudad durante varias centurias y la saturación de todo el suelo residencial o industrial en el casco antiguo provocó su expansión hacia el norte, constituyéndose como uno de los ejes principales la calle Don Fadrique; posteriormente lo serían las de la Cruz Roja, Miraflores y la Carretera de Carmona. La ciudad está en plena expansión. Así, en la primera mitad del siglo XX, y gracias entre otras circunstancias al impulso de la Exposición Universal Iberoamericana de 1929, se configuran las primeras periferias obreras como el Fontanal, Retiro Obrero, Ciudad Jardín, Los Carteros, Árbol Gordo o el Cerro del Águila, y además se erigen núcleos residenciales en Nervión, Heliópolis y el Porvenir donde se trasladan residentes con mayores rentas, provenientes de la nueva y emergente clase social que proviene del incipiente proceso de industrialización que está cambiando la fisonomía de Sevilla. En la segunda mitad del siglo XX surgen otros barrios obreros como los Polígonos Norte y Sur, San Diego, Santa María de Ordás, Los Arcos, Las Candelarias, Pino Montano, Padre Pío, Amate, Palmete, Rochelambert o Los Pajaritos, entre otros, y también zonas de rentas más elevadas en el Prado de San Sebastián, Bami y Los Remedios. Por otro lado, en la década de los setenta, surgen las primeras urbanizaciones de chalés suburbanos en la comarca del Aljarafe, Dos Hermanas, Alcalá de Guadaira y también en Sevilla Este, hacia donde se dirigen primeramente las clases acomodadas y con el paso de los años otras bolsas de la población.

Al igual que ocurría en los nuevos barrios surgidos más allá de las murallas y el Arco, aquellos que iban erigiéndose en el resto de la ciudad también se disponían para acoger otras familias macarenas que hasta ellos arribaban, aumentando exponencialmente la nómina de hermanos y alcanzando en la actualidad a todos los distritos de la ciudad, así como a la práctica totalidad de los municipios de la provincia y del resto de España, además de varias decenas de países repartidos por los cinco continentes. Esa expansión en la devoción a la Virgen de la Esperanza que se intensifica en las últimas décadas solamente tiene precedente con la aparición de la fotografía y anteriormente, gracias a los retablos cerámicos a partir del último tercio del siglo XIX.

Esa cantidad de hermanos residentes en barrios retirados de la collación de San Gil, que aumenta progresivamente con los años, ha determinado en las últimas décadas un trasvase del mapa residencial de los macarenos hacia zonas más pobladas, aunque nunca habrá que olvidar que todo comenzó aquí un frío día de otoño —del que se cumplen cuatrocientos veinticinco años este año—, en el que se conmemora el martirio de santa Flora de Córdoba, hija de padre sevillano, cuando labriegos, comerciantes y artesanos van finalizando otra jornada de trabajo sin apercibirse de los pasos apresurados de aquel virtuoso monje, oculto bajo su austero hábito con la cabeza cubierta con su capucha para protegerse de la llovizna y que le dirigen entre ventas, mesones, chamizos, huertas, viñedos y sembrados, hacia la puerta de la Macarena, que atraviesa con presteza. Antes de cruzarlo, echa una última mirada al Hospital de la Sangre, un imponente edificio de reciente construcción y del que, no obstante, guarda decepcionantes recuerdos al haber intentado sin éxito que alguna hermandad se haga cargo del cuidado y la atención a los enfermos que allí convalecen de sus males.

Al constituirse desde sus orígenes el arco macareno en entrada principal de la ciudad, en sus accesos se fueron levantando monasterios y conventos de distintas órdenes, como los de San Jerónimo o San Isidoro del Campo; pero también se levantarían otros más humildes como lo harían los dominicos fundando ya metidos en el siglo XVII en el Camino de Cantalobos, el cenobio llamado de San Jacinto y que posteriormente trasladarían al barrio de Triana, aunque se sigue conservando el recuerdo de esta fundación en la toponimia de la zona, próxima al actual barrio de Villegas.

Nuestro enigmático monje, también llegó desde tierras jiennenses hasta la vieja Híspalis con la intención de establecer la orden basilia en la ciudad. Para ello, ocupó unas casas en el Corral de las Gallinas, sito en la actual calle Don Fadrique, trasladándose posteriormente intramuros, a otras casas legadas por un adinerado mercader de origen griego en la calle Relator, a la que siempre he profesado especial cariño porque en ella nacieron y crecieron buena parte de mi familia, incluido mi recordado padre.

Continuando con el relato, vemos como nuestro monje llega a la plaza que se abre en el interior de la muralla, junto al arco, y se detiene para observar por unos breves momentos a la chiquillería, que aprovechando la escampada de la lluvia juega despreocupada entre los charcos que se han formado. No repara sin embargo en los pequeños talleres y comercios regentados por humildes artesanos y tenderos que aún permanecen abiertos a esta hora de la tarde con el sol cayendo por el horizonte, asomando sus tenues rayos entre las grises nubes que poco a poco comienzan a abrirse; ni tampoco se fija en los últimos tenderetes en los que aún se pueden adquirir algunos de los productos recolectados en las fértiles tierras de las pequeñas huertas del barrio; algunas de ellas, al cobijo de las murallas que apenas conservan unas pocas almenas. El olor a tierra mojada por la lluvia recién caída, ni el de las frutas y verduras que esparcen sus restos por los sencillos puestos, pueden disimular el hedor que de vez en cuando inunda el ambiente procedente de los restos de inmundicias y desperdicios que se desperdigan por algunas de las calles que va cruzando. Tan solo el sonido de una guitarra —que acompaña unos cantes llegan desde una pequeña taberna— le hace acortar su zancada por unos breves momentos. Es una pausa corta, diminuta, hasta que vuelve a acelerar su paso nuevamente tratando de evitar algún que otro encontronazo con alguno de los bravucones y perdonavidas que abundan por esos lares, que a pesar de su condición de clérigo no quiere tener que vérselas con algún mozo con mala bebida o con una mala tarde en el juego de los naipes.

Agotado tras una larga y ajetreada jornada que se había iniciado al alba, tras cumplir con el rezo de maitines, se encaminó hacia las dependencias del Arzobispado. Allí le espera el Vicario General, don Iñigo de Leciñana para tratar con él una cuestión importante. El día anterior, el fraile -en calidad de abad del recién fundado colegio basilio- le había presentado una solicitud para obtener la licencia de erección canónica de una hermandad que radicaría en el templo del nuevo monasterio. ¿Guardaría alguna relación la imprevista convocatoria por parte del Vicario con la solicitud presentada el día anterior? Lo descarta rápidamente; el Provisor no ha podido disponer de tiempo suficiente para tomar una decisión, quizás se tratase de alguna cuestión relacionada con el nuevo cenobio.

La reunión se resuelve con inusitada rapidez y el fraile sale con precipitación del despacho de la autoridad eclesiástica, que le despide desde la puerta con cierta y contenida alegría. El ajetreo de la jornada no termina con la misión que le ha llevado hasta el palacio arzobispal y dirige sus pasos apresurados hacia la apartada hospedería de San Lázaro para confesar y dar la extremaunción a varios de los allí acogidos.

Por fin, Fray Bernardo de la Cruz llega a aquellas casas de la collación de Omnium Sanctorum, a las que los últimos rayos de sol sombrean de ocre sus tejados y en las que ha establecido el convento que se regirá por las estrictas y rígidas Reglas redactadas por San Basilio el Magno, un lugar donde sus monjes podrán llevar una vida contemplativa tal como en ellas se recoge y practicar la caridad con los las gentes más humildes de la feligresía, que son casi todas. Algunos andamios repartidos por el edificio señalan lo avanzado de las obras que se están realizando para adaptar las antiguas casas a su nueva función y que están siendo sufragadas por tan desprendido comerciante, que hizo su fortuna en América, falleciendo un lustro después y recibiendo sepultura en el altar mayor del nuevo templo. Su escultura funeraria fue encargada al escultor Gaspar Luis y tras su paso por la parroquia de Omnium Sanctorum donde el mausoleo se instaló durante un tiempo, tras la desamortización del convento, hoy se puede admirar en la entrada al Museo Arqueológico de la ciudad. Podría decirse que el sepulcro ha viajado tanto como aquel a quien retrata.

En el interior del convento, le esperan impacientes varios vecinos del barrio a los que había mandado llamar esa misma tarde. Con gran satisfacción por su parte les informa que esa misma mañana se había reunido con el Provisor y Vicario General del Arzobispado de la Ciudad comunicándole que había aprobado y confirmado la fundación de la Cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Hermandad de Penitencia. Amparados por la piedad y llenos de entusiasmo dirigen sus pasos a una pequeña capilla del convento. Allí, venciendo la penumbra, dos altas velas descubren las facciones del rostro de la Virgen de la Esperanza. La pequeña comitiva se postra para rezar unas preces en alabanza y agradecimiento al Señor. El resto de comunidad monacal, alertada por la inusual algarabía, ha dejado sus quehaceres para aproximarse al grupo y saber el motivo de tan inesperado regocijo, uniéndose a ellos para concluir con el rezo emocionado de la Salve Regina a la Santísima Virgen. Sería esta la primera de otras muchísimas que recibiría a lo largo de los tiempos, de los siglos, quedando cada una de ellas prendida en su corazón y acrecentando el filial amor de sus devotos.