SANTIAGO

Como cada viernes al caer la tarde, el tañido de la campana del convento resuena por las calles y callejuelas más próximas al templo. El frío invierno va tocando a su fin mientras los cofrades de la Hermandad de la Esperanza se dirigen a San Basilio para cumplir con lo dispuesto en sus Reglas.

Uno de los hermanos, de nombre Juan Reinoso, se ha adelantado acompañado de dos mozos y una muchacha del barrio y, cruzando la iglesia, han accedido al claustro del colegio por una puerta lateral, deteniéndose en la estancia situada más próxima a la misma. Tras golpear un par de veces la puerta, Juan accede al pequeño habitáculo que ha sido cedido a los cofrades por los frailes para que puedan desarrollar las responsabilidades propias de los cargos que desempeñan. Mientras tanto, los acompañantes permanecen en el porticado claustro. En el interior de la estancia, alumbrados por sendos candiles de latón, se afanan el mayordomo y el escribano en finalizar sus respectivas faenas antes de encaminarse a la iglesia. Interrumpidas sus labores y tras intercambiar corteses saludos, signo inequívoco de que el recién llegado no les resultaba desconocido, le preguntan por el motivo que les traía por allí. Juan responde que ha venido a participar en el culto y que le han acompañado unos amigos y vecinos que desean inscribirse como cofrades. Mientras el mayordomo continúa con sus cuentas, el escribano le interpela si él se responsabiliza de ellos ante el resto de los hermanos; al responder afirmativamente le interroga sobre sí son personas de buena conducta y dan ejemplo de ello con sus obras y sus palabras; como también contesta positivamente hace pasar a los solicitantes. Tras una breve exposición sobre las obligaciones que adquieren al formar parte de la cofradía les va tomando, uno a uno, sus datos personales para inscribirlos en el Libro de Hermanos, no sin que antes el mayordomo les informase que antes de anotar sus datos deben satisfacer la limosna que la corporación dispone para poder ingresar en ella. Dos reales cada uno de los mozos y cuatro reales la muchacha, quien extrañada pregunta por el motivo de tal diferencia que alcanza hasta el doble de los varones, contestándole el escribano que así viene reflejado en las Santas Reglas y que el motivo de tal diferencia radica en que las hermanas cofradas están exentas de participar en las disciplinas, en los santos ejercicios, así como en otras penas y obligaciones que los varones sí están obligados a cumplir. No sin refunfuñar, la joven se desató la bolsa de su cintura y extrajo de ella los cuatro reales que le correspondía abonar.

Todos juntos entran en la iglesia, aunque ella no puede quedarse en el interior y es acompañada por Juan hasta la puerta de la calle donde la despide. Mientras tanto, el resto de los cofrades se han ido acomodando en los bancos del templo. Simultáneamente un par de novicios van apagando todas las velas que alumbran el templo hasta que la penumbra se asienta en los espacios, una situación que parece ennoblecer la voz del abad, que resuena con más fuerza y nitidez. Tan solo los cirios que alumbran de forma tenue a la Virgen de la Esperanza y a la imagen de San José, situada frente a Ella, así como la llama que anuncia la presencia de Jesús Sacramentado aportan algo de luminosidad al recinto. Mientras, algunos frailes se han ido acomodando en el coro alto del templo.

En un momento dado, uno de los hermanos comienza a leer en voz alta un libro sobre la vida y milagros de los apóstoles mientras que el resto escucha con atención. Tras la prolongada lectura el abad entona una oración introductoria: «Deus in adjutorium meum intende», exhortación que invita a que todos se pongan en pie y se persignen — por la Señal de la Cruz, invocan con su gesto—, contestando los cofrades: «Domine ad Adjuvandum me festina». Con esta súplica pretendían implorar la ayuda de Dios para evitar distracciones durante el rezo.

Algunos de los cofrades desnudan sus espaldas y comienzan a azotarse, mientras los demás prosiguen con los rezos y las lecturas, que se ven solapados por el sonido de los flagelos y también por el eco de las caballerías que tiran de algún que otro carruaje que atraviesa pausadamente la calle.

Tras un breve silencio, en el que sin embargo no dejan de sonar los chasquidos de las disciplinas al golpear sus torsos, el abad recita el «Miserere mei, Deus», que incide en el arrepentimiento y el perdón, oración que ha ocupado siempre un lugar importante en la meditación y en la liturgia cristiana. El abad continúa con una reflexión sobre la compasión de Dios y como los provee cada día la Divina Providencia. A continuación, sus palabras quedan reforzadas con el salmo «De profundis», que evoca el poder de la misericordia de Dios y permite finalizar este culto pidiendo también por los hermanos difuntos, para que se les perdonen sus pecados y puedan gozar de la gracia de la salvación. El religioso concluye con la oración «Respice que sumus Domine».

Finalmente, frailes y cofrades, reuniéndose en torno de la Virgen de la Esperanza le dedican el canto de la «Salve Regina» mientras el templo se va iluminando nuevamente. Los cofrades que se han flagelado acuden al patio para curarse con vino las heridas, mientras los observantes abandona, paulatinamente, el recinto. Rezagado queda uno de ellos, de nombre Esteban Mejías, que recordaba esa primera salve con su Hermandad ya constituida no hace tanto tiempo, y que con los ojos lacrimosos se está despidiendo a solas de Ella. Sabe que su delicada salud y sus muchos años no le va a permitir volver a verla en este mundo.

Pocos días después, de nuevo doblan las campanas, mientras que el muñidor va recorriendo las calles de la collación. Los hermanos conocen la obligación de acompañar los entierros de sus hermanos y acuden al templo. Allí se encuentra depositado el féretro con los restos mortales de Esteban, cubierto con un paño fúnebre, con el escudo de la hermandad bordado en el centro, un broquel donde resalta una ancla rematada con la cruz, realizado en oro y sedas. Algunos, los más próximos por parentesco o amistad, han pasado la noche velándole. Los hermanos conocen la obligación de asistir con velas encendidas a la misa de cuerpo presente, bajo pena de una sanción económica para aquellos que no la cumpliesen. Tras la celebración de la ceremonia fúnebre en honor del hermano, todos los cofrades, tal como mandan las Reglas rezan cinco padrenuestros y cinco avemarías por su alma y proceden a acompañarlo hasta su sepultura. Como el cofrade fallecido había dispuesto en su testamento que lo enterrasen en La Rinconada, por ser su localidad natal y disponer su familia de un modesto enterramiento en la parroquia de la localidad, los hermanos portan el féretro solo hasta la puerta de la Macarena, en donde aguarda un carro tirado por un par de mulas que lo trasladará hasta su postrero destino. Los cofrades que han formado el cortejo con velas encendidas retiran antes el paño negro y retornan hasta San Basilio para devolver al prioste la cera sobrante, quien tras anotar sus nombres en el libro de registro la deposita en el arca reservada para su custodia, mientras que el escribano va reseñando en el libro de Hermanos el fallecimiento de Esteban y, por tanto, su baja como cofrade.

También están obligados los cofrades a acudir a las tres misas con responso que por su alma tendrán que oficiar los frailes en la iglesia del convento. Tras un rato de tertulia en la puerta del templo, un grupo de ellos se desplazan hasta la tasca de Herminio, el Paticojo, en la cercana calle de Linos, con la intención nada disimulada de ahuyentar malos presagios y brindar por Esteban mientras rememoran vivencias y anécdotas, que tienen como epicentro su común devoción hacia la Virgen de la Esperanza.